Un velo de tristeza
Un velo de tristeza es esa sensación de desolación que podemos sentir a veces, no entendemos su origen y no hay una razón aparente que justifique su presencia. Oprime el pecho y penetra como una espiral oscura hasta que te toca el corazón, y sino actúas llega al alma y entonces duele, duele de verdad.
Kalil Gibran escribió que las almas más fuertes emergen de los grandes sufrimientos y que los caracteres más sólidos están cauterizados con cicatrices.
¿Pero qué pasa cuando no sabemos qué hacer con este dolor que puede llegar a nuestras vidas limitándonos de diferentes maneras? Según nuestra historia personal, nuestro pasado o incluso nuestro linaje familiar puede expresarse de diferentes maneras, algunos ejemplos:
Con un nudo en la garganta que no te deja hablar y expresar esa idea valiosa a la cual le ha llegado su tiempo.
Con un sentido de desvalorización personal que no te da la confianza para avanzar en tu camino e iniciar con ese proyecto que tanto anhelas.
Con un sentimiento de impotencia y no merecimiento que no te permite recibir los regalos que la vida tiene para ofrecerte.
Con una sensación de abandono que afecta tus relaciones personales y bloquea la capacidad de crear lazos afectivos sanos y duraderos.
Con actitud hiper crítica que te bloquea tu expresión creativa y capacidad de disfrutar las alegrías y placeres de la vida.
Muchas veces negamos este sentimiento y sobrevivimos en un ritmo frenético que nos imposibilita sentir lo que nuestros corazones están gritando y observar lo que el velo está tapando.
Sin embargo, el dolor sigue ahí y va aumentando en su intensidad y forma de expresión hasta que le abramos la puerta para abrazarlo, escucharlo, entenderlo y transformarlo.
Carl Gustav Jung decía: “La depresión es una señora de negro. Si llega, no la expulses más bien invítala como una comensal en la mesa y escucha lo que tiene que decir”.
¿Y si afrontamos nuestras emociones como si la vida fuera una meditación permanente?
Desde la ecuanimidad mental, ese lugar de quietud en donde se despierta la capacidad de observamos sin juzgarnos.
Desde la frecuencia de la compasión personal que implica la empatía y bondad profunda para abrirnos y transmutar las heridas en valiosas experiencias.
Desde una actitud presente y consciente, dejando la nostalgia del pasado y la ansiedad hacia el futuro.
Desde las sensaciones del cuerpo y su sabiduría interna que nos guían y acompañan como los protagonistas de nuestra propia historia.
Desde un corazón abierto y flexible que fluye con gracia y sutileza ante los desvíos que nos presenta la vida.
Por último, desde el asombro, la sensibilidad y la inspiración del poeta: “La herida es el lugar por donde te entra la luz” Rumi
Nota: Si el dolor, la tristeza o la depresión es tan fuerte que no te permite involucrarte o realizar tus actividades y responsabilidades cotidianas, somatizas en síntomas físicos, o tu integridad física puede estar en riesgo, busca la ayuda de un profesional calificado.